sábado 14 de junio de 2008

"No sé lo que es el mundo, pero sé que es mío"

Parece poco lógico, pero en la práctica es posible observar lo cierto de este hecho: Pese a vivir y ser parte del mundo, definirlo es casi una tarea imposible. Más aún bajo las condiciones de la “Era tecnológica” en la cual nos desarrollamos actualmente, la cual, mantiene al mundo en constante cambio; lo que dificulta aún más su comprensión. ¿Qué es el mundo? Decir que éste es un planeta compuesto de tierra, agua, aire y un sinfín de especies –entre ellas, los seres humanos-, no logra contestar la pregunta del todo, aunque sí descubre un punto importante. Volviendo a la cita del principio, entre sus muchos componentes, estamos nosotros: las personas.
Los humanos. Seres que interaccionan y se asocian para satisfacer sus necesidades individuales. Resultan las sociedades; el conjunto de personas que comparten una cultura, rasgos comunes como la mentalidad, las instituciones, las necesidades, las estructuras, estamentos, lenguaje, etc. Elementos que conforman una identidad con ritos y costumbres propias. Pero las sociedades cambian y sus culturas varían. Y si los anteriores forman parte importante del mundo, éste también sufre las consecuencias de sus modificaciones y se ve condicionado al cambio. Especialmente en esta época donde la tecnología marca profundamente a la sociedad y genera en ella una movilidad rápida y constante. Precisamente, esta será la hipótesis a desarrollar en el presente ensayo: La globalización influye en la mentalidad y conducta de los individuos y así, en sus estructuras y desarrollos sociales. ¿Cómo enfrentarse a este mundo que se transforma interminablemente, en nuestra calidad de jóvenes? Sobre nuestros hombros cierne (y pesa) la consigna del “futuro”. Se nos encomienda la tarea de ser “Los líderes del mañana”; un mañana cuya mejora o retroceso con respecto al presente es de exclusiva responsabilidad nuestra.
Qué mundo el nuestro, ¿no? Estamos llenos de comodidades, el conocimiento abunda, los pajaritos cantan y la dictadura de la democracia y la libertad parece inamovible. La globalización ya no se molesta siquiera en tocar la puerta, hace rato se ha posicionado en nuestras vidas como la mejor amante; presente y –al parecer- indispensable en todo momento. Las revoluciones tecnológicas ya no se aprecian como tales, cada vez tienen menos diferencia temporal entre la aparición de una y otra, así como cada vez son cambios más profundos que definitivamente, nos afectan. Esto se explica en la frase de Peter Ustinov “Al progreso no hay quien lo pare. Dios creó el mundo en seis días, ¿Y qué tenemos hoy? La semana en cinco días”. Tal es la situación que percibimos este fenómeno como algo propio, prácticamente natural en nuestras vidas. La reflexión y conciencia de esto carecen de importancia y utilidad para las necesidades de los tiempos, son desechadas.
Los impactos de la globalización traen consigo una mentalidad que prioriza la eficiencia: mayor producción al menor costo posible. De manera que se genera la necesidad de abaratar el trabajo; la mano de obra se especializa y divide, cada vez menos sofisticada y de rol cada vez más limitado. Asimismo, adquiere importancia el tiempo y aprovechar éste al máximo. La velocidad se vuelve obligación, por más que lo intentemos siempre estamos atrasados. ¿Resultado? Sobreproducción, precios más asequibles para la población, la cual se ve dotada de un carácter consumista, superficial, materialista, impulsivo y, sobretodo, insaciable. Mientras más bienes puedan adquirirse, mejor. El hombre se separa del producto de su trabajo. Ya no percibe satisfacción ejerciendo éste, sino que busca la compensación por él para poder acceder a más y más bienes. A nosotros, los jóvenes, se nos cría con la valiosa herramienta de la educación, la cual nos permitirá acceder a un mundo laboral que nos satisfaga, pero según lo anteriormente planteado ¿En qué consiste dicha satisfacción? ¿Una casa en la playa para ir los fines de semana con cinco Mercedes en el estacionamiento? En esta sociedad donde “Más es mejor”, lamentablemente, lo anterior es ley. Al priorizarse las riquezas materiales, su abundancia afecta la status social. Así las carreras “tradicionales” se potencian pues “aseguran un buen pasar”, una mejor calidad de vida la cual se entiende, como se ha explicado, en ingresos altos.
En esta sociedad “globalizada” el tema de la educación superior y el título profesional adquieren relevancia. Por una parte, por lo ya mencionado en cuanto a la “estabilidad económica” y bienestar que se pretende, con lo cual se adquiere la aprobación del resto. También significa el hecho observable de la transición de adolescente en adulto. La obtención de un título profesional se traduce en respeto e independencia. La universidad aparece casi como un deber social. Ésta están tan inserta en nuestro inconciente que se le toma prácticamente como una etapa de la vida, la cual está casi prediseñada: nacer, estudiar, trabajar, casarse, tener hijos y morir (sin dejar de trabajar hasta que la edad u otros lo impidan). Saltarse una de estas fases es como exiliarse del mundo social. Si no se estudia, no se es nadie. No trabajar: holgazán. Quien no se casa ni tiene hijos siembra la duda sobre su sexualidad. Vale preguntarse ¿Tenemos voluntad, después de todo? Somos libres, estamos en democracia; pero sin darnos cuenta hemos tejido nuestra propia cárcel y hacemos las cosas casi por inercia, incluso determinar cuál será nuestra vocación.
Nuestra educación ya no es la misma que tuvieron nuestros progenitores (Insisto en los grandes y rápidos cambios sociales productos de la globalización). Quien hace pocos años aspiraba a una educación superior debía hacer la P.A.A. (Prueba de aptitud académica). Hoy la P.S.U. (Prueba de selección universitaria) es la que no deja dormir a los jóvenes. Una explosión de establecimientos educacionales también ha caracterizado nuestra época. Una variada oferta de carreras, años de estudio, precios, facilidades de pago, etc. Promueven la masiva profesionalización de las personas, dejando las otras alternativas cada vez más reducidas. La deserción educacional significa un fracaso y un estigma social del cual es difícil escapar ¿Y no estamos presionados?
No es posible definir qué es el mundo, mucho menos si éste se escapa de nuestro control por nuestras constantes transformaciones sociales. La globalización nos ha obligado a ser “eficientes” y rápidos, ha promovido la masificación y homogeneización de la sociedad, provocando modificaciones –y en muchos casos- pérdidas de culturas. Los ritos pierden importancia por carecer de “utilidades” y las identidades se corrompen. ¿Cómo definir así qué es el mundo? Sólo sabemos que es nuestro porque lo conformamos y que se mueve a nuestro ritmo, ejercemos influencias sobre él. Somos jóvenes, la esperanza, los líderes del mañana. ¿Por qué no puede ser nuestra influencia sobre el mundo positiva, constructiva y en definitiva, de mejora? No quiero partirme la cabeza estudiando para acceder a un trabajo con el fin de obtener un gran salario. Quiero trabajar para sentirme útil en la sociedad, haciendo algo que me motive. El trabajo no debería ser concebido como un medio para conseguir un fin (dinero). El trabajo debería ser el fin en sí. La realización personal debería adquirir mayor importancia, de modo que el trabajar en algo que apasione se convierta en una necesidad para las personas, de manera que pueda ser utilizada esta “necesidad de trabajar” como un recurso. Eso sí que es eficiencia. Pero las condiciones sociales actuales tienen un poder coercitivo fuerte y enfrentarse a esto es más que complicado. Por otro, es posible usarlo a nuestro favor. Después de todo, somos afortunados a poder acceder a una carrera universitaria, y como es la mentalidad contemporánea, con un título bajo el brazo nuestra voz adquiere más fuerza. El potencial cambio que podemos lograr en el mundo se ve más próximo. En cualquier caso, si el mundo es nuestro, si somos el mundo podemos concluir con que con cambiar nosotros, cambiamos el todo. Es un cliché cursi y de los más clásicos, pero después de toda esta explicación la frasecita típica se enaltece: “Si quieres cambiar al mundo, parte por cambiarte a ti mismo”.

1 comentarios:

dominoes89 dijo...

LLegué a tu blog porque estaba ociosa y cache que teniai otra wea, cacha que leí lo que escribiste del mundo y su indefnidad, wn, cacha que el otro día hable unos 10 minutos de como estaba todo absolutamente mal porque la wea más básica de todas la educación es una mierda, y como que nadie me entendio sabi, que la wea es que ta too mal, todos te empiezan a limitar desde que llegai a kinder es pal hoyo, no sé, te empiezan a transformar y a moldear, pero la única wea que te estan haciendo es cagarte la cabeza acerca de como deberiai ser, de que cosas querer, del mal y el bien y lo correcto, wn son puras mierdas, te dicen que aprendai tal cosa y te dicen COMO teni que aprendertelo y despues te evaluan como ellos quieren que tu respondai y si no lo asi haci cagai, y así vai entrando al juego y de ahí no sali más, a no ser que seai un ser medio anti como tu o como yo, pero son pocos, y puta no se wn toi hablando weas pero es que me da rabia, el mundo de verdad te encierra, los encierra a todos (quizas me fui en la vola escuchando pink floyd) pero pico mientras exista la música, hay esperanzaaaaaaaaaaaaa

NO LEAI ESTA MIERDA SABI HABLO PURAS WEAS

y te quiero amorfa
supongo que sabi que soy la jime, nadie escribe tanta basura junta.